El esperado regreso de Miley Cyrus a los grandes escenarios no ha estado exento de polémica. Tras su primer concierto en el icónico Hollywood Bowl —su primera gran presentación en vivo en casi seis años—, las redes sociales se llenaron de críticas por parte de algunos asistentes. Las quejas apuntaban a que la artista no bailaba lo suficiente, que dejaba que el público cantara gran parte de los temas por ella y que, en general, parecía que “no tenía su corazón puesto” en el espectáculo.
Fiel a su estilo directo y sin filtros, Cyrus aprovechó la segunda noche de su residencia en Los Ángeles para responder de frente a sus detractores. Deteniendo el show por un momento, la intérprete de Flowers se dirigió a la multitud para defender su entrega y profesionalismo.
“Puedo soportar muchas cosas, pero hay algo que no voy a tolerar y es que se cuestione dónde está mi corazón cuando estoy sobre el escenario”, expresó Miley visiblemente frustrada pero firme. “Soy muchas cosas, pero ni siquiera vamos a darle espacio a eso… Esto no es un experimento con ustedes. Estoy completamente presente”.
Sin embargo, el momento que se robó la noche (y que rápidamente se viralizó en redes sociales) fue cuando la cantante abordó las exigencias sobre sus coreografías y la cantidad de letra que interpretaba. Con un tono sarcástico, Miley bromeó diciendo: “Oh, se me olvidaba que se supone que debo cantar cada maldita línea”.
Pero el golpe final llegó cuando explicó por qué su show no está lleno de acrobacias intensas como los de otras estrellas pop actuales: “Y la razón por la que no estoy haciendo malditas piruetas en el escenario es porque yo sí canto en vivo”.
Con esta contundente declaración, Miley Cyrus dejó en claro que ha evolucionado como intérprete y que su prioridad actual es la calidad vocal y la conexión emocional con sus fans, alejándose de los ritmos exhaustivos de las giras de su pasado. Una prueba más de que la artista hace las cosas bajo sus propios términos